¿SABES DÓNDE ESTÁ EL AMOR?

 

“¿Qué es el amor?” Ed. Edelvives. Ilustración: Anna Laura Cantone

Una pregunta que ha interesado siempre al ser humano, que ha generado escritos, reflexiones filosóficas , religiones y creaciones artísticas a lo largo de la Historia, y que la Ciencia, hasta hace no mucho, no se interesó en investigar.

En una entrada anterior, ya intenté recoger la evolución en el estudio del “corazón” humano, situando biológicamente el origen y funcionamiento de las emociones en el sistema límbico . Pero, ¿hay una estructura cerebral donde se pueda situar el amor? ¿Cómo funciona?

Ciencias como la etología y la psicología han investigado sobre ello durante el siglo pasado.  El etólogo Konrad Lorenz, por ejemplo, afirmó que:

“El amor es el producto más maravilloso de diez millones de años de evolución.”

El psicoanalista Erich Fromm escribió:

“Sin amor, la humanidad no podría existir siquiera por un día.”

Los etólogos, biólogos y psicólogos estudian y explican como los mamíferos estamos equipados biológicamente para el amor. Este amor implica vínculos selectivos, duraderos, y a veces desinteresados.

Pero, si la Teoría de la Evolución es básicamente egoísta y de lucha continua con la competencia, ¿qué pinta el amor en todo esto? 

Desde el punto de vista evolucionista, el amor es un instinto, que surge desde nuestro hipotálamo y que tiene como finalidad la reproducción de nuestros genes. Pero, los mamíferos, han desarrollado un sistema límbico que les permite tener emociones libres de egoísmo. En los primates, este tipo de emociones “no egoístas” está más desarrollado.

A medida que el córtex cerebral evoluciona en el Homo Sapiens, el tipo de amor instintivo o de apego maternal que tienen el resto de mamíferos, evoluciona hacia un amor más incondicional y dirigido a más seres con los que no se comparten genes.

Este tipo de amor se da en otros mamíferos, que son capaces de “amar” incondicionalmente a otros animales que no son de su misma especie, como es el caso de los perros u otros animales domesticados.

Los investigadores Helen Fisher y Arthur Aron de la Universidad Stony Brook , usaron técnicas de neuroimagen para estudiar las relaciones amorosas entre los estudiantes. Descubrieron que durante los primeros meses de enamoramiento, al mirar la fotografía del enamorado/a se iluminaba únicamente las regiones más primitivas del sistema límbico que activa el circuito de recompensa, el núcleo caudado, pero después de dos años de vinculación amorosa, las áreas que más se activan son el giro cingular anterior y la ínsula, con sus neuronas espejo y huso. Por tanto el “eros” emocionalmente egoísta, evoluciona con el tiempo hacia un vínculo emocionalmente empático.

Son las conocidas como “Fases del amor”:

1ª etapa: Deseo

Caracterizado por el deseo sexual y la búsqueda de gratificación. Lo que sería el “apareamiento” en los animales. En términos bioquímicos aquí tienen su papel estelar los estrógenos y los andrógenos.

2ªetapa: Amor Romántico

Caracterizado por la sensación de euforia, la obsesión por el objeto amoroso y la focalización en él. Aquí actúan a nivel químico  la dopamina, la norepinefrina y la serotonina, causantes de la sensación eufórica que tanto se asocia con el enamoramiento.

3ª etapa: Nido

Caracterizado por el sentimiento de calma, paz y seguridad que se genera en la construcción de un proyecto común. Destaca el papel de la oxitocina y la vasopresina.

Esta evolución del amor instintivo hacia el amor incondicional, y que en algunos seres humanos llega hasta la compasión más altruista ha sido ignorada durante años desde la psicología. Se creía que el amor es una respuesta aprendida, una creación social y cultural y no una necesidad natural.

Para el conductismo el amor era una respuesta condicionada por la estimulación erógena. Los psicoanalistas, en términos generales, confundieron emociones positivas con instintos “reptilianos”, como el deseo sexual o el hambre. La neurociencia, en aquellos tiempos, todavía no había podido demostrar que  el cerebro de un bebé humano está más conectado a su madre por la piel que por el estómago o cualquier otro órgano.

Muy interesantes son las aportaciones de  la profesora Cindy Hazan y su teoría acerca del amor romántico como un proceso de apego, que sigue patrones muy similares al apego infantil: “un proceso biosocial mediante el cual se forman lazos afectivos entre amantes adultos, al igual que los lazos afectivos se forman más temprano en la vida entre los bebés humanos y sus padres.”

¿EN QUÉ PARTE DEL CEREBRO ESTÁ EL AMOR?

El amor no está en el hipotálamo, ni en en el neocórtex. No es un instinto ni es algo racional. El amor se encuentra localizado en nuestro cerebro en la misma área donde se sitúan los olores, los cuidados y los recuerdos: el giro cingular anterior límbico, el mismo cerebro primitivo “olfativo” que anima a las ratas a olisquear a sus crías para poder localizarlas en la oscuridad.

En los humanos, este cerebro olfativo ha evolucionado hacia un cerebro visual-auditivo, que nos permite aumentar nuestra sintonía emocional con otros seres. Las palabras, los datos, los hechos, no se analizan igualmente desde esta parte de nuestro cerebro. No funciona la memoria explícita, sino la implícita, que incluso deja recuerdos cuando el deterioro cognitivo destruye nuestra parte más racional. Podemos recordar un olor, una canción, un nombre durante años, sin saber conscientemente que nuestro cerebro “amoroso” lo ha guardado por nosotros.

¿Y esto para qué sirve? ¿Qué sentido tiene desarrollar un amor desvinculado de la mera reproducción sexual y egoísta, genéticamente hablando?

Evolutivamente, el aumento del tamaño de nuestro cerebro y la complejidad de nuestras relaciones basadas en la dependencia mutua ha hecho que el amor incondicional y el perdón se conviertan en un elemento adaptativo para la supervivencia de nuestra especie desde los tiempos en que vivíamos en la sabana. Sin la vinculación afectiva a otros individuos, el Homo Sapiens no hubiera sido capaz de sobrevivir a los depredadores, más rápidos y mejor dotados biológicamente para la caza  o la búsqueda de alimentos desde el momento de nacer.

Por tanto, nuestro sistema límbico ha evolucionado para convertir el deseo sexual instintivo en un afecto duradero y específico. Desde el dominio neuroendocrino del hipotálamo, que predomina en la adolescencia, somos capaces de llegar a la elección madura de pareja, característica de los lóbulos frontales. Podemos decir que el “amor primate”, aunque no es totalmente libre de la biología, si que está basado en elecciones muy flexibles.

¿CÓMO APRENDEMOS A AMAR? 

En su obra “El arte de amar”, Erich Fromm analiza la complejidad del amor, más allá de la sensación placentera y de la búsqueda de un paliativo para la soledad humana. Para Fromm, amar es un arte que requiere conocimiento y esfuerzo, y que se domina, como todo arte, a base de práctica; es un proceso activo y de construcción.

El amor a primera vista, el enamoramiento, como hemos visto, es un deseo, una ilusión química con fecha de caducidad (que oscila entre los 18 y los 30 meses), pero la vinculación humana profunda requiere tiempo y requiere actividad consciente.

Según  G. E Vaillant, aprendemos a amar a través de la neuroquímica, los genes y la identificación con personas que nos quieren y nos permiten quererlas.

Los genes determinan nuestra estructura cerebral de mamíferos, que se diferencia de la de otras especies.

La neuroquímica cataliza el amor duradero y selectivo. La oxitocina, conocida como “hormona del abrazo”, permite a los mamíferos superar su aversión extrema a la proximidad de otros. La oxitocina se genera tras el parto y asegura la vinculación y el cuidado de las crías. También se produce tras el orgasmo, asegurando la vinculación de la pareja.

Los centros cerebrales dopaminérgicos, ricos en oxitocina, son parte intrínseca del sistema límbico humano, e intervienen en los afectos a largo plazo en los mamíferos.

Pero para que se produzca el afecto mamífero duradero, tan importante como la química cerebral es el entorno amoroso donde nos desarrollamos y la identificación con los demás.

La autorregulación en la conducta amorosa no puede venir nunca de un cerebro que se desarrolla en solitario, sino de un cerebro que se va transformando a partir de las experiencias amorosas o de vinculación o apego que va teniendo a lo largo de su vida. 

El primer paso a dar es tomar conciencia de que el amor es un arte, tal como es un arte el vivir. Si deseamos aprender a amar debemos proceder en la misma forma en que lo haríamos si quisiéramos aprender cualquier otro arte, música, pintura, carpintería o el arte de la medicina o la ingeniería.
¿Cuáles son los pasos necesarios para aprender cualquier arte? El proceso de aprender un arte puede dividirse convenientemente en dos partes: una, el dominio de la teoría; la otra, el dominio de la práctica.

Erich Fromm, “El arte de amar.”

Pues sólo queda, ponerse a practicar…